Donde El Amor Es De Nadie
El cielo amenazante, promete caer sin vacilar, sobre esta ciudad sin descanso, sobre las memorias sangrantes, sobre la velocidad de los días, amenaza con caer sin piedad, con derribar los árboles, con detenerlo todo en el justo instante en que comience a caer, gris el cielo, olvidando al Sol, negando a la Luna, de movimiento lento, poco a poco y en silencio, como un reflejo que culmina destrozándonos a todos, guarecidos, temerosos de la furia de nosotros.
Solo dos cuerpos, tirados, dormidos, cansados, uno solo ya partido en dos, fracasando en la intención de olvidarse mutuamente, de alejarse de si mismos, cada loco con su sueño, con su cama, con su oscuridad, distantes nombres de distintas suertes, tirados allí aparentando amor, aparentando comunidad, como dos amantes, compañeros, desde hace tiempo juntos dándole batalla a la soledad, la lucha esta perdida, los huecos se llenan de soledad.
En la calle ya llueve, es el territorio de nadie, el perro de nadie ladra, la luna de nadie es una prisionera de la lluvia que, oculta tras el manto grisáceo, acepta su suerte, las lámparas de nadie alumbran tímidamente los árboles que algún día fueron de alguien y que hoy solo son dos adornos que juegan con el viento. Con días así, el refugio se vuelve todo lo que poseemos, así lo cree él ahora pues ha despertado y escucha como la lluvia golpea las ventanas, como el cielo revienta rayo tras rayo, extiende la mano y toma la mano de ella, las apariencias se acaban, el aparente amor, la soledad ya no encuentra huecos por llenar y espera sentada en el balcón, espera que vuelvan a dormir esos dos, que comiencen a pensar solo en si. Ella responde con un leve suspiro, abre los ojos y voltea a ver a su amigo, su compañero, su apariencia y su egoísmo, al que le han puesto un nombre común y le sonríe cómplice de los deseos que aromatizan el aire, una mirada de reconocimiento recuerda esa mano, recuerda su rostro apagado por lo años, recuerda su voz gruesa y las palabras que han formado, recuerda que aquel es su amante y duda de la eternidad por un instante, suficiente para recordar a ese hombre con quien hoy comparte la distancia de la muerte.
El amor no espera, su paciencia es poca y su interés por la lluvia nulo, no le importan los eventos de nadie, ni las orquestas de nadie y mucho menos las cosas de nadie, ese gigante que todo devora se hace presente y envuelve los cuerpos con su inconstante e ilimitado manto, se apresura la respiración, la lluvia cede, el perro calla, todo se vuelve tan inútil, tan nimio, el tiempo representa la absurda visión de las mediciones, la luna, más olvidada que nunca, brilla de envidia, es tan efímera la realidad cuando rodea dos cuerpos que se aman nuevamente y se amarán mil veces más, acuden todas las banalidades, es decir todo, a la sala de espera cuando esos dos cuerpos encuentran el clímax. Esperaran allí en silencio los minutos necesarios.
Vacíos, ya no les sorprende el silencio, se preguntan que estará pensando el otro y ninguno piensa realmente en nada, absortos en sus preguntas diminutas y errantes, olvidan nuevamente, que comparten la cama.
Solo dos cuerpos, tirados, dormidos, cansados, uno solo ya partido en dos, fracasando en la intención de olvidarse mutuamente, de alejarse de si mismos, cada loco con su sueño, con su cama, con su oscuridad, distantes nombres de distintas suertes, tirados allí aparentando amor, aparentando comunidad, como dos amantes, compañeros, desde hace tiempo juntos dándole batalla a la soledad, la lucha esta perdida, los huecos se llenan de soledad.
En la calle ya llueve, es el territorio de nadie, el perro de nadie ladra, la luna de nadie es una prisionera de la lluvia que, oculta tras el manto grisáceo, acepta su suerte, las lámparas de nadie alumbran tímidamente los árboles que algún día fueron de alguien y que hoy solo son dos adornos que juegan con el viento. Con días así, el refugio se vuelve todo lo que poseemos, así lo cree él ahora pues ha despertado y escucha como la lluvia golpea las ventanas, como el cielo revienta rayo tras rayo, extiende la mano y toma la mano de ella, las apariencias se acaban, el aparente amor, la soledad ya no encuentra huecos por llenar y espera sentada en el balcón, espera que vuelvan a dormir esos dos, que comiencen a pensar solo en si. Ella responde con un leve suspiro, abre los ojos y voltea a ver a su amigo, su compañero, su apariencia y su egoísmo, al que le han puesto un nombre común y le sonríe cómplice de los deseos que aromatizan el aire, una mirada de reconocimiento recuerda esa mano, recuerda su rostro apagado por lo años, recuerda su voz gruesa y las palabras que han formado, recuerda que aquel es su amante y duda de la eternidad por un instante, suficiente para recordar a ese hombre con quien hoy comparte la distancia de la muerte.
El amor no espera, su paciencia es poca y su interés por la lluvia nulo, no le importan los eventos de nadie, ni las orquestas de nadie y mucho menos las cosas de nadie, ese gigante que todo devora se hace presente y envuelve los cuerpos con su inconstante e ilimitado manto, se apresura la respiración, la lluvia cede, el perro calla, todo se vuelve tan inútil, tan nimio, el tiempo representa la absurda visión de las mediciones, la luna, más olvidada que nunca, brilla de envidia, es tan efímera la realidad cuando rodea dos cuerpos que se aman nuevamente y se amarán mil veces más, acuden todas las banalidades, es decir todo, a la sala de espera cuando esos dos cuerpos encuentran el clímax. Esperaran allí en silencio los minutos necesarios.
Vacíos, ya no les sorprende el silencio, se preguntan que estará pensando el otro y ninguno piensa realmente en nada, absortos en sus preguntas diminutas y errantes, olvidan nuevamente, que comparten la cama.





